Por la tarde el tren paró. Oía perros ladrando y gritos en alemán. Los soldados abrieron el vagón y empezaron a gritar "alles raus" (¡Todos fuera!). No me acuerdo cómo conseguí salir del vagón. Reinaba la confusión, había gritos, llantos, palizas. Antes de marchar, ordenaron que nos pusiéramos en un sitio a un lado. Las familias se agarraban todos juntos en una fila. Mi mamá estrechaba entre los brazos a Matěj, papá y yo llevábamos nuestras cosas. Solo al comenzar la marcha empecé a mirar dónde estábamos. Había una valla de alambre, una puerta enorme y unos edificios, se veía todo muy deprimente. En el camino veía trabajar a unos hombres muy delgados en ropa de rayas. Alrededor de ellos corrían otros hombres con palos en sus manos, soldados con perros, y todos gritaban. Recuerdo que los hombres en ropa de rayas arrastraban en fila, como si fueran caballos, un carro con ruedas altas. Ese camino parecía no terminar nunca. Me sentía como en una pesadilla.
Finalmente llegamos a una puerta grande donde nos ordenaron parar y empezaron a contarnos. Luego íbamos por un camino ancho entre barracones de madera hasta entrar en uno de ellos donde tuvimos que dejar nuestras cosas. Después nos llamaban y colocaban en fila, sobre las manos nos ponían números, a Matěj se lo pusieron en su pequeña pierna, cosían números en la ropa y con una pintura roja hacían una cruz sobre la ropa y las rayas laterales de los pantalones. Eso duró toda la noche. Por la mañana nos pusieron en fila, tuvimos que dejar las cosas en el barracacón y nos condujeron hasta la parte trasera del campo vecino. En ese edificio había un cuarto grande donde todos tuvieron que desnudarse. Eso fue terrible. La gente no quería quitarse la ropa porque todos estaban juntos: hombres, mujeres y niños. Empezaron los gritos, las palizas y los llantos. Recuerdo bien cómo mi hermana mayor de 16 años, Božena, no quería desnudarse aunque muchas personas ya estaban desnudas. Una SS le pegaba y arrancaba su ropa y mi hermana gritaba, lloraba y se defendía. La ropa tuvimos que enrollarla de manera que se viera el número. Luego nos pelaron y afeitaron. Nos volvimos algo que no pudimos reconocer. Más tarde, en otro cuarto, tuvimos que sentarnos sobre una especie de banquitos que se parecían a una escalera. Allí había tanto vapor que me asfixiaba. Luego nos hicieron correr a las duchas muy frías, heladas. No hubo nada para secarnos y tuvimos frío. Durante ese tiempo iban desinfectando nuestra ropa, nos llamaban por nuestros nombres y números y nos devolvían nuestra ropa.
Recién después volvimos al campo, al barracón donde estaban nuestras cosas. Entonces aún no robaban y encontramos todo lo que habíamos dejado. Luego empezaron a repartirnos por bloques. Nosotros y la familia de Josef Růžičky fuimos al bloque alemán. El vigilante del bloque y los jefes de bloque eran gitanos alemanes que se portaban muy mal con nosotros, nos insultaban y robaban nuestra comida. No me acuerdo bien del número del barracón pero me parece que era el 14, cerca del aseo. Nos asignaron la litera de abajo. Estaban acostados allí nuestros padres y seis hermanos. No hubo jergones con paja sino tablas de madera. Sobre esas tablas mi mamá puso la manta gruesa que recibimos. […]
En seguida el segundo o tercer día tuve que ir con mi padre al trabajo. Salíamos por la puerta de la izquierda hacia el bosque donde se arrancaban tocones. Nosotros transportábamos tierra en una especie de camilla primitiva. Más o menos el cuarto o quinto día se puso a golpearme el Vorarbeiter [capataz], un gitano alemán. Entonces ya tenía fiebre, estaba debilitado y me movía despacio. Mi padre salió en mi defensa y le abofeteó. El Vorarbeiter llamó al capo y le aporrearon. Cuando volvíamos, mi padre tuvo que parar en la puerta y ya no volvió, nunca más volvimos a verle, nos quedamos solos. Al cabo de dos o tres días más o menos fui al hospital, creo que me llevó mi mamá.
Del hospital del campo ya no volví al campo, me quedé allí hasta mi partida de Birkenau. Sufrí tifus y fiebre tifoidea. Recuerdo que, cuando recuperé el conocimiento al bajarme la temperatura, me di cuenta de que estaba en la litera de arriba, donde había un jergón de paja. Sobre mi tronco tenía costras y pus. Estábamos acostados desnudos, cubiertos con una manta gruesa, áspera y sucia. En la litera había adultos y niños. […]